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La asistencia y la reparación son el espacio donde el seguro se hace tangible. En el domicilio, en el taller o la propia vivienda se decide gran parte de la experiencia del asegurado y, con ella, la fidelidad a largo plazo. Sin embargo, el sector convive con una tensión que ya no puede considerarse coyuntural: la escasez de mano de obra cualificada en ciertos gremios y oficios que sostienen el servicio. Esta es una problemática transversal que afecta al hogar, al automóvil o la atención a la personas y se manifiesta con especial impacto en zonas con menor densidad de profesionales. Es un problema estructural, con impacto directo en la actividad general de las empresas.
Limite
La carencia de profesionales cualificados tiene múltiples causas. En primer lugar, el relevo generacional insuficiente en oficios como fontanería, cerrajería, electricidad, albañilería, climatización, reparación de electrodomésticos o electrónica de automoción. Es una realidad que se agrava en entornos rurales y periurbanos con menor densidad técnica. A ella se suma el menor atractivo percibido de estos oficios entre los jóvenes y la competencia salarial de sectores cercanos, como la construcción o el mantenimiento industrial, capaces de absorber talento con ritmos y condiciones a menudo más favorables. El resultado es una brecha entre la demanda real de servicios (que crece o se mantiene alta) y la capacidad efectiva de atenderlos con estándares consistentes de calidad, plazo y comunicación. Este cuadro se recoge de manera reiterada en tus materiales de base y en aportaciones sectoriales recientes.
El impacto en la actividad se percibe en cuatro planos. Primero, los tiempos: al faltar perfiles expertos, se alargan las ventanas de intervención y los plazos de cierre, especialmente en picos estacionales o eventos climáticos. Segundo, la calidad: mantener una consistencia técnica elevada con redes tensionadas exige más supervisión, auditoría y formación en campo. Tercero, los costes: la mayor especialización y la menor disponibilidad incrementan el coste por hora y el coste total de servicio; la presión se traslada tanto al proveedor como al pagador del siniestro. Y cuarto, la experiencia: un asegurado que espera más, o que percibe poca visibilidad del proceso, empeora su valoración del servicio, aun cuando la reparación resulte técnicamente correcta
La disponibilidad de profesionales con la habilidad requerida no acompasa la curva de demanda. La dificultad para encontrar perfiles también se correlaciona con la transición tecnológica. En Autos, la electrificación, los sistemas ADAS y la sofisticación electrónica requieren formación específica, equipamiento y protocolos de seguridad que elevan la barrera de entrada para nuevos técnicos y aumentan el tiempo de maduración de la competencia profesional. En Hogar, la domótica, las energías renovables domésticas y la climatización avanzada exigen competencias multidisciplinares. La suma de ambas tensiones —complejidad técnica y falta de talento— explica por qué sube la factura del servicio a un ritmo mayor que otras partidas relacionadas.
En automóvil, la escasez de perfiles no se limita al técnico de campo: alcanza a perfiles de peritación y tramitación.
La dimensión territorial del problema exige un tratamiento diferenciado. En áreas rurales, donde la densidad de profesionales es baja y las distancias elevan los costes de desplazamiento, el déficit se traduce en ventanas de atención más largas y, con frecuencia, en la necesidad de desplazar equipos desde otras zonas, encareciendo la prestación. Examinar incentivos de movilidad, fórmulas de colaboración con administraciones locales y programas de emprendimiento técnico con beneficios fiscales puede marcar la diferencia. La prioridad es evitar la aparición de “desiertos de servicio”, donde la cobertura nominal existe pero la capacidad real de intervención se diluye en la práctica.
Por otro lado, hay regiones con mayor aceptación de prácticas de reparación y otras donde la reposición sigue imponiéndose, un patrón que condiciona la demanda de ciertos perfiles y de equipamiento. Comprender estas diferencias —y modelizarlas— es imprescindible para dimensionar correctamente la red y anticipar cuellos de botella. Donde la reparación tiene mayor predicamento, la carencia de mano de obra impacta más intensamente en plazos, en el coste total del siniestro y en la experiencia de usuario.
CONSECUENCIAS OPERATIVAS
Desde una perspectiva estrictamente económica, la escasez de mano de obra cualificada para la asistencia y la reparación actúa como un multiplicador de costes. Aumenta el coste directo (hora hombre más cara), eleva los indirectos (más re-trabajos, más gestión, más reclamaciones), y puede afectar a indicadores críticos como el coste por siniestro, el ciclo de vida de la tramitación y el leakage.
El encarecimiento de la reparación frente a otras partidas más estables refuerza esa deriva: cuando el componente “servicio técnico” pesa más, la presión por ser precisos en la autoría de los trabajos, por vigilar desviaciones y por alinear el “scope” de cada intervención crece. Si a ello añadimos la proliferación de tecnologías que requieren acreditaciones, procedimientos y material específico, el tiempo improductivo (preparación, calibraciones, desplazamientos, esperas) se convierte en un factor de primer orden a gestionar.
El impacto comercial no es menor. En un mercado donde la asistencia se entiende como “momento de la verdad”, un descenso persistente en la capacidad de cumplir plazos prometidos erosiona la percepción de valor del asegurado y puede tensionar la relación con los canales de distribución. La respuesta pasa por rediseñar lo que se promete —plazos, ventanas, opciones de resolución— y, en paralelo, por ganar transparencia en la comunicación operativa con asegurado y mediador. La rapidez sin precisión ya no basta; la personalización y el criterio técnico marcan la diferencia, especialmente cuando el cliente exige información en tiempo real y opciones claras.
Además, la forma en que se gobiernan estas palancas tecnológicas condiciona su éxito. En muchos casos, las iniciativas digitales fracasan no por la herramienta, sino por la adopción. Capacitar a los equipos —tramitadores, peritos, jefes de red— y a los proveedores en el uso de nuevas plataformas, cuadros de mando y protocolos digitales es tan importante como la inversión en licencias. La resistencia al cambio, cuando no se gestiona, termina neutralizando la ganancia de eficiencia que se busca. Acompañar la tecnología con gobierno del dato, seguridad, supervisión humana y métricas de adopción evita “teatros de innovación” y sienta bases para escala real.
No debe obviarse que, en paralelo, el contexto económico y regulatorio sigue moviéndose. La presión sobre resultados técnicos se modula por factores como la siniestralidad, la evolución de primas y el comportamiento del parque asegurado; y, por otra parte, la agenda regulatoria en materia de resiliencia operativa digital o de calidad de datos impactará en cómo se contrata, se mide y se reporta. Para la asistencia, esto se traduce en mayores exigencias de trazabilidad y control, que a su vez presionan sobre el talento cualificado —no solo en campo, también en oficinas técnicas— que el mercado necesita.
Existen, además, efectos colaterales de la escasez que conviene monitorear. Uno es el aumento de talleres y operadores informales en ciertos territorios, fenómeno que florece cuando la demanda supera a la oferta y que eleva riesgos de seguridad, calidad y responsabilidad. Otro es la concentración: mayor peso de redes más grandes, con capacidad de invertir en equipamiento y formación, frente a pymes que ven tensionada su sostenibilidad si no se actualizan los modelos de remuneración.
El sector identifica diez líneas de actuación que, combinadas, ofrecen una ruta realista para mitigar el déficit de talento y su impacto operativo:
SOLUCIONES
El sector, no obstante, no está inerme y explora medidas y que, combinadas, permiten mitigar la escasez. La primera es la revalorización del oficio y la actualización de baremos con foco en calidad, trazabilidad y valor aportado. La actualización de tarifas ayudaría a retener talento e incentivar nuevas incorporaciones, junto a modelos de colaboración que premien la excelencia técnica y la fiabilidad.
La segunda es la formación, tanto en clave de FP dual como de academias internas, microcredenciales y reciclaje de profesionales provenientes de sectores afines. La tercera es la digitalización aplicada: teleperitación, videoperitación, autodiagnóstico guiado, automatización de validaciones y coordinación omnicanal con reparadores.
La cuarta, una gestión de red más técnica, basada en métricas objetivas de calidad, tiempos y experiencia, con segmentación de proveedores y modelos de incentivos vinculados a la consistencia del servicio.
No todas las soluciones pasan por el mercado laboral local. La movilidad internacional de talento técnico es una vía que ya exploran distintos actores del ecosistema, aunque no está exenta de trámites y tiempos de adaptación. En paralelo, las asociaciones sectoriales han intensificado programas de capacitación, webinars y microformaciones para actualizar competencias de electromecánica, electrónica o seguridad, acelerando el aprendizaje continuo.
En este marco, hay decisiones tácticas que las organizaciones pueden tomar de inmediato. Por ejemplo: redefinir los criterios de asignación hacia proveedores con mejor “lead time” en zonas tensionadas; establecer buffers operativos para picos meteorológicos con acuerdos de refuerzo previamente negociados; priorizar la reparación in situ en automoción cuando la metodología y la seguridad lo permitan; y utilizar la videoperitación estructurada como filtro de derivación para evitar desplazamientos innecesarios. Cada uno de estos movimientos libera capacidad allí donde la escasez aprieta más.
A medio plazo, la palanca crítica es poner en valor la profesión. Comunicar itinerarios de carrera, estabilizar la relación contractual, reconocer económicamente la excelencia y visibilizar la aportación social de estos oficios son piezas de la misma estrategia: hacer del trabajo técnico cualificado un destino deseable para nuevas generaciones. No es casual que distintas entidades estén impulsando programas formativos, certificaciones y campañas para reactivar la cantera. El mensaje que lanzan los datos es directo: sin talento cualificado, no hay promesa de servicio que pueda sostenerse de forma consistente.
Conviene insistir en que esta escasez de profesional es estructural pero mitigable. No existe una solución única ni inmediata; sí un portafolio de medidas que, bien coordinadas, reducen el impacto en plazos, calidad y coste. La ecuación ganadora combina ajustes económicos inteligentes, profesionalización de la red, tecnología aplicada con criterio y una apuesta real por la formación.