¿De verdad imprevisible? 

La pandemia nos obliga a cambiar todo. Una de las cosas que peor llevamos en este sector es la falta de contacto y relaciones personales. Esperemos que, una vez cojamos el ritmo de vacunación adecuado, el panorama cambie sustancialmente. 

Con esta confianza, en Inese ya hemos convocado la Semana del Seguro 2021 entre el 11 y 13 de mayo, con carácter híbrido (presencial y online) y cumpliendo por supuesto todos los protocolos de seguridad Covid. Tendrá, acceso restringido y aforo limitado para los asistentes y posibilidad de seguir todos los actos en streaming para quienes no puedan acercarse al Centro de Convenciones Norte de IFEMA. En cualquiera de las opciones, reservaos las fechas en las agendas pues será el foro del reencuentro de la industria aseguradora y sus profesionales, el primer paso para recuperar lo que tuvimos. Y una ocasión única para conocer las novedades y pulsar las inquietudes, actuales y futuras, del sector.

Algunas las describió el CEO de Munich Re Group, Joachim Wenning, en una atinada intervención, en el cóctel anual de su entidad en España. Habló de una serie de palancas de transformación (enfoque total en los negocios, mercados y clientes; digitalización de procesos y de negocios; y reducción de la complejidad interna para ganar en eficiencia y rapidez), como base para ser más flexibles, digitales y rentables. También, de la importancia del crecimiento orgánico y del mejor servicio, pero me llamó la atención otra idea: la capacidad de anticipación. Sí, esa cualidad que siempre ha tenido el Seguro y le ha hecho adelantarse a lo peor que puede venir para cubrir lo que tenemos. 

¿Se acuerdan de ese peor posible siniestro del que se habló durante años provocado por dos aviones comerciales estrellándose en el centro de Nueva York, triste realidad con los famosos atentados del 11-S, que tan patas arriba ha puesto a la industria? Es un ejemplo de la necesidad de prever a la que aludía Wenning, por cierto después de avanzar estimaciones del posible coste económico de la Covid-19 (entre 10.000 y 20.000 billones de dólares), a la vez que expresaba el carácter inasegurable de las pandemias (“ni los aseguradores ni los reaseguradores tenemos fondos para asumir los costes que provoca, ni los asegurados capacidad para pagar las primas necesarias, por lo que hace falta un plan estructurado liderado por los Gobiernos”). Y, ojo, avanzó dos ámbitos incluso peores: una catástrofe cibernética que provoque una caída total de internet o que deje a los países sin energía; o el cambio climático (“que es seguro que ocurrirá, pues ya ha empezado”). Con estos precedentes su llamada final fue brillante: “pensar en riesgos no es un placer, pero es una responsabilidad para todos, políticos y líderes de empresa, y si hacemos bien las cosas nos dará ventajas competitivas a futuro y sobre todo en la próxima crisis”.

En esta línea de anticipación, ¿de verdad era tan imprevisible por el sector que más pronto que tarde, y conociendo lo variopinto de nuestros tribunales, no se produjese una sentencia que diese la razón a un asegurado respecto a coberturas de pérdida de beneficios por interrupción de negocio debido a la Covid-19? ¿Tampoco cabe anticipar que prosperará alguna de las miles de demandas por RC en la gestión de la pandemia?  I