Julio Castelo, una vida entre MAPFRE y el mar

Querido Julio: 

Tu discreta despedida nos ha sorprendido y dejado muy tristes a los muchos que te queremos. Para mí la noticia ha sido impactante, aunque no me ha extrañado tanto pues en nuestro último contacto escrito ya me anticipabas: “llevo varios meses con diálisis, que como daño colateral me ha afectado a la laringe y producido una fuerte afonía que me impide hablar”. Lo que no podían contigo eran las ganas de hacer “cosas”. Como prueba está el libro que me acabas de mandar, con un sugerente título: “Cosas del Mar”.

Sugerente para mí ya que nuestra amistad se ha forjado a través primero del Seguro y después del Mar. Al primero, y consecuentemente a MAPFRE, le dedicaste cuarenta años, y al segundo, que te vio nacer en  las orillas murcianas de Águilas, toda una vida. Casi, casi como con María Luisa, de la que fuiste novio desde que “llevabas pantalón corto y ella calcetines”. Bonito matrimonio que dio el fruto de 5 hijos y 15 nietos que ya tanto te añoran.

Cuando paso ante el antiguo edificio de la “Mutualidad de Propietarios de Fincas Rústicas de España” te recuerdo y recordaré, como a tantos amigos que forjásteis la gran multinacional que es hoy. Generación a la que la competencia, inquieta por vuestras ganas de comeros el mundo del Seguro, comenzó a llamar “la ciudad de los muchachos de Larramendi”. A Calvo Sotelo 25, hoy Recoletos, llegaste cuando aún no habías terminado Derecho y muy pronto comenzaste a escalar puestos, lo que durante muchos años suponía cambiar de despacho y de domicilio. Yo al menos te recuerdo en Recoletos, Velázquez, Las Rozas y en dos o tres sitios de Majadahonda, en los que siempre tenías tarjetas que decían director de algo, cada vez más importante, hasta la de presidente que conservaste desde 1990 hasta tu jubilación. 

Entre esas cartulinas que guardo de cientos de   hombres de la “aseguración” y la “reaseguración”, una de las que conservo con más cariño es la tuya de director de Editorial MAPFRE, con la que a principios de los setenta regaste las sedes sociales de compañías de seguros de Iberoamérica y que algunos pensaron era una editorial especializada. No sabían que la estrategia era dar a conocer una marca que con el tiempo lideró aquel mercado, en paralelo al español. Entre los actos que protagonizaste, recuerdo el día que te impusieron la Medalla de Oro al Mérito en el Seguro y el de la inauguración de la primera exposición de tus maquetas de buques. 

Los barcos han sido otro de los motivos que forjaron nuestra amistad, y también de alguna discusión: que si el aparejo de este, o la posición de la cofa de ese otro, etc., etc. Pero te prometo que cuando visite Cartagena, en desagravio de esas discusiones tontas que tuvimos, visitaré la sala que lleva tu nombre en el Museo Naval cartagenero: casi nada. Y te imaginaré sentado en tu taller, al frente del torno de banco, con las gafas de lupa puestas, y la broca en la mano, construyendo la maqueta del Juan Sebastián Elcano o la de la nao Victoria, u otra de las 40 que componen la colección que allí se expone.   

Y no te entretengo más, ya que debes estar muy atareado ahí arriba, buscando un rincón en donde escribir tus memorias, y mandarlas a la tierra  a bordo de una maqueta del Santísima Trinidad. ¡Ah! Y no te olvides de que le hagan un buen seguro para el viaje. Un fraternal abrazo.